Cuando pasas la mayor parte de la semana rodeado de código, planificando estrategias digitales y con la vista fija en el parpadeo constante de los monitores, la mente acaba pidiendo a gritos una tregua. Llega un punto en el que necesitas cambiar la inmaterialidad de internet por algo sólido que pisar. Para mí, esa vía de escape tiene unas coordenadas muy precisas y un perfil que se recorta en el horizonte de nuestra costa: la Isla de Ons. Lejos del ruido y del ritmo frenético de la agencia, recorrer sus senderos se ha convertido en mi forma favorita de resetear el sistema.
Pisar el muelle de Ons es dejar atrás el reloj. A diferencia de Cíes, aquí hay una red de senderos que te permite explorar cada contraste geológico y paisajístico del archipiélago. Mi ruta predilecta para empezar a soltar la tensión acumulada es, sin duda, la Ruta Sur, la que te lleva directamente al Buraco do Inferno. El camino comienza suave, bordeando playas y antiguas casas isleñas, pero pronto te adentra en la parte más agreste. Llegar a esa inmensa sima natural y escuchar el rugido ensordecedor del Atlántico rompiendo contra las rocas subterráneas te hace sentir minúsculo. Es una demostración de fuerza bruta que te limpia la cabeza al instante; frente a ese abismo, cualquier problema de estrés diario pierde toda su importancia.
Si lo que busco es perspectiva, entonces enfilo la Ruta del Faro. Es un ascenso constante, ideal para poner el cuerpo a trabajar y obligar a los pulmones a llenarse de aire puro. A medida que subes, la vista sobre la ría de Pontevedra se va abriendo de forma espectacular. El faro de Ons, uno de los pocos de España que sigue atendido por fareros, domina la parte más alta de la isla. Sentarse allí arriba, en silencio, observando el tráfico marítimo a lo lejos y la línea de la costa gallega, es probablemente la mejor terapia contra la saturación mental. Es un recordatorio de que el mundo sigue girando a su propio ritmo, completamente ajeno a nuestras notificaciones y urgencias.
Para rematar la jornada, me gusta tomar la Ruta Norte hacia la playa de Melide. El paisaje aquí se suaviza. El sendero serpentea entre matorrales y pequeños bosques de pinos y eucaliptos hasta desembocar en un arenal virgen de arena blanca y aguas cristalinas —y gélidas, todo hay que decirlo—. Es la cara más amable de la isla, el lugar perfecto para descalzarse y dejar que el mar borre cualquier rastro de cansancio.
Al final del día, mientras espero el barco de vuelta viendo cómo el sol empieza a bajar, el agotamiento físico es evidente. Me duelen las piernas y el salitre se me ha pegado a la piel. Sin embargo, vuelvo al continente con una claridad mental absoluta. Explorar a pie las rutas isla de ons no es solo hacer senderismo; es un ejercicio vital de desconexión, una forma de recordarme que, por mucha tecnología que nos rodee, nuestra verdadera batería siempre se recarga caminando cerca del mar.