El despertador sonó esta mañana un poco antes de lo habitual, rompiendo el silencio de la casa con esa urgencia particular que solo tienen los días verdaderamente importantes. Había una mezcla innegable de nervios y expectación en el ambiente mientras preparábamos el café en la cocina. Hoy no era un lunes cualquiera; era el primer día de mi mujer en su nuevo puesto de trabajo en una clínica dental Santiago de Compostela. Verla prepararse, repasando mentalmente todos los detalles y organizando su uniforme antes de salir por la puerta, me llenó de un orgullo inmenso. Sé de sobra las ganas que tenía de dar este paso y la ilusión que ha puesto en este nuevo proyecto.
El cambio implica, por supuesto, una pequeña revolución logística en nuestra rutina. Nuestra base y nuestro día a día están profundamente arraigados aquí en Vigo, por lo que este nuevo horizonte laboral significa añadir el trayecto por la autopista AP-9 a la ecuación de la semana. Sin embargo, cuando las oportunidades profesionales realmente valen la pena, los kilómetros se convierten en un detalle menor. Mientras la veía acercarse al coche, no pude evitar pensar en cómo la bruma matutina, tan característica del puente de Rande, la acompañaría en ese viaje hacia el norte, marcando el kilómetro cero de esta nueva aventura hacia la capital gallega.
Santiago de Compostela siempre nos ha parecido una ciudad con una energía muy especial, un lugar de comienzos, de llegadas y de peregrinajes. Me parece casi poético que su nuevo inicio tenga lugar precisamente allí, entre calles de piedra y días de lluvia intermitente. La clínica dental a la que se incorpora es un centro muy dinámico, un entorno perfecto para que ella pueda desplegar toda su empatía y su habilidad. Siempre he admirado su capacidad para tratar a los pacientes, esa forma tan suya de transmitir calma, profesionalidad y seguridad en un sillón que, reconozcámoslo, a la inmensa mayoría de las personas nos genera bastante ansiedad. Saber que ahora podrá aportar todo ese talento a un nuevo equipo me produce una alegría enorme.
Durante toda la mañana, entre mis propios correos, proyectos y las tareas habituales de mi jornada, he tenido la mente dividida. Me he sorprendido a mí mismo mirando el reloj en más de una ocasión, calculando si ya habría terminado la ronda de presentaciones con sus nuevos compañeros, si se habría familiarizado con el gabinete o cómo habría ido ese primer paciente de la agenda. Es curioso cómo los hitos de la persona con la que compartes tu vida se acaban sintiendo tan propios.
Esta noche, cuando por fin estemos de vuelta en casa y el ajetreo del día se apague, sé que nos sentaremos a cenar y la escucharé desgranar cada anécdota. Habrá historias sobre protocolos, sobre cómo se organiza el equipo y, casi seguro, sobre algún momento divertido. Este nuevo puesto en Santiago es mucho más que un cambio de ubicación; es un gran salto adelante para ella. Y yo, sencillamente, no podría estar más feliz de verla crecer.