Una forma diferente de ganar la indulgencia surcando las olas gallegas

Hay peregrinos que se lanzan a la aventura con la mochila a la espalda, otros que planifican cada etapa con precisión casi militar y, luego, están quienes descubren que existe una ruta xacobea en barco en Vilagarcía de Arousa y deciden que, sí se puede ganar indulgencia deslizando el cuerpo sobre una cubierta en lugar de sobre un camino de tierra, quizá ha llegado su momento de vocación jacobea tardía. La variante marítimo-fluvial del Camino es, en cierto modo, la versión más cinematográfica del viaje: menos ampollas en los pies, más brisa en la cara, y ese punto de épica que da saber que estás emulando la mítica Traslatio por el mismo mar que, según la tradición, acompañó los restos del Apóstol hacia su destino final.

Subir al barco en Vilagarcía tiene algo de embarque simbólico. No es solo una excursión marítima más; es el inicio de un trayecto con historia, con relato y con paisajes que merecen más de una foto mal encuadrada por culpa de la emoción. A medida que la embarcación avanza, el paisaje de bateas se despliega como un tablero geométrico sobre el agua. Esas plataformas que, a primera vista, pueden parecer estructuras misteriosas para el viajero despistado, son en realidad el corazón mejillonero de la ría: allí crecen, en cuerdas que se hunden bajo la superficie, los moluscos que luego se convierten en tapa, en receta familiar y en “tenéis que probar esto” de cualquier anfitrión gallego orgulloso.

Mientras el barco corta las olas con esa mezcla de calma y rumor constante, el viaje se convierte en una clase magistral de geografía emocional. Se ve la ría de otra manera, desde un ángulo que no aparece en los mapas de carretera ni se intuye desde los miradores costeros. La sucesión de islas, puntas y ensenadas, junto con el ir y venir de otras embarcaciones, hace que el peregrino marítimo entienda que este Camino no es solo un tramo alternativo, sino todo un capítulo con personalidad propia dentro de la experiencia jacobea. La diferencia es que aquí el cansancio no viene tanto de andar como de intentar abarcar con la vista todo lo que va pasando alrededor.

Uno de los momentos más especiales llega cuando el recorrido se acerca a las Torres del Oeste, en Catoira, o en el imaginario colectivo a esas construcciones que parecen guardianes de piedra de otro tiempo. Estas estructuras defensivas, que en su día vigilaban la entrada por el Ulla y protegían Galicia de incursiones vikingas y demás visitas poco amistosas, añaden una capa de épica al viaje. Verlas desde el barco, con el agua como espejo, hace que el peregrino entienda que está pasando por un escenario donde la historia y la leyenda llevan siglos cruzándose, entre nieblas, mareas y relatos que siempre ganan algo de dramatismo con cada generación.

La emoción de llegar a puerto en Pontecesures o Padrón tiene matices propios. No se trata solo de poner pie en tierra firme, sino de asumir que esa llegada forma parte de un ritual: del mar al río, del río al camino, y del camino a la llegada final a Santiago. Emular la Traslatio no consiste únicamente en reproducir un trazado; implica revivir, a pequeña escala, la sensación de viaje sagrado que en su día inspiró a quienes convirtieron estas aguas en ruta espiritual. El pasaporte del peregrino, sellado también en este tramo, se convierte en testigo de una experiencia que combina devoción, turismo, paisaje y algo de aventura ligera apta para todos los públicos.

Quien se teme un viaje demasiado solemne suele llevarse una sorpresa agradable. A bordo hay historias, chistes, comentarios improvisados sobre la fuerza del viento o las maniobras del capitán, y siempre algún grupo que pasa del respeto silencioso a la foto de grupo con sonrisa amplia en cuestión de minutos. La tripulación se mueve entre la explicación histórica y el guiño cómplice, sabiendo que el público mezcla curiosos, creyentes, amantes del mar y quienes simplemente han decidido que este año preferían un Camino con banda sonora de gaviotas en vez de zapatilla chirriando sobre grava.

La variante marítimo-fluvial del Camino propone, en definitiva, una manera distinta de entender el peregrinaje: menos centrada en el desafío físico y más abierta a la contemplación. El paisaje de bateas se convierte casi en un mantra visual; las Torres del Oeste, en una pausa solemne que invita a pensar en la de historias que han visto pasar esas piedras; la propia llegada a puerto, en un recordatorio de que viajar también es cambiar de perspectiva, aunque la distancia recorrida no sea enorme en kilómetros. Al final, cualquiera que complete esta ruta puede decir, sin exagerar demasiado, que ha ganado la indulgencia dejando que sea la ría quien cargue con parte del peso del Camino.