Independencia en mi muñeca: Por qué decidí regalarme un reloj anticaídas (antes de necesitarlo)

Vivo solo por elección y con orgullo. Me gusta mi espacio, mis rutinas, leer hasta las tantas si me apetece y desayunar a la hora que me da la gana. Sin embargo, hay una realidad que, aunque a veces intento maquillar, es tozuda: el calendario avanza. Hace un par de semanas tuve un pequeño traspié en el baño. Fue una tontería, resbalé con la alfombrilla y logré agarrarme al lavabo a tiempo. No pasó nada. Pero ese segundo de ingravidez, ese instante de “ay, que me voy al suelo”, me dejó un frío en el cuerpo que me duró toda la tarde.

Fue un aviso. Me di cuenta de que, si me hubiera caído de verdad y me hubiera dado un golpe en la cabeza, nadie se habría enterado hasta el día siguiente (o peor, hasta días después). Ese pensamiento me aterrorizó. No por el dolor, sino por la posibilidad de perder mi autonomía. Así que, tragándome un poco ese orgullo de «yo puedo con todo», decidí tomar las riendas y buscar una solución: me compré un reloj anticaidas.

Rompiendo el estigma del «botón rojo»

Confieso que al principio me resistía. Tenía en la cabeza la imagen del clásico colgante con el botón rojo de teleasistencia que llevaba mi madre. Con todo el respeto, yo no me sentía preparado para llevar algo que gritase al mundo «soy un anciano vulnerable».

Por suerte, la tecnología ha avanzado una barbaridad. Lo que encontré no son aparatos médicos feos, sino smartwatches modernos. El que llevo ahora en la muñeca parece un reloj deportivo. Me dice la hora, me cuenta los pasos y hasta me avisa si me llega un WhatsApp. Nadie en la calle sabe que es un dispositivo de seguridad, y eso para mí era innegociable. Quería seguridad, pero también quería mantener mi dignidad estética intacta.

¿Cómo funciona mi nuevo «copiloto»?

Lo que me convenció fue la tecnología de los acelerómetros. El reloj está programado para detectar movimientos bruscos seguidos de una inmovilidad total. Es decir, si me tropiezo fuerte y me quedo aturdido en el suelo sin moverme, el reloj «entiende» que ha pasado algo grave.

Sin que yo tenga que tocar nada (porque igual no puedo), el dispositivo inicia una cuenta atrás y envía una alerta con mi ubicación GPS exacta a mi hijo y a los servicios de emergencia. Saber que llevo ese «ángel de la guarda» digital en la muñeca ha hecho que vuelva a caminar con la confianza de antes.

Una decisión de amor propio

Cuando se lo conté a mi hijo, respiró aliviado. “Papá, nos quitas un peso de encima”, me dijo. Y ahí entendí otra cosa: este reloj no es solo para mí. Es también para que los que me quieren no vivan angustiados pensando si estaré bien.

Pero, ante todo, ha sido una inversión en mi libertad. Comprar este reloj no ha sido un acto de rendición ante la vejez. Al contrario, ha sido un acto de inteligencia. He aceptado que mis reflejos ya no son los de hace veinte años para poder seguir viviendo exactamente como quiero vivir: en mi casa, a mi aire y sin miedo.

Ahora, cuando salgo a pasear o me meto en la ducha, no siento esa pequeña sombra de inseguridad. El reloj es cómodo, la batería dura días y, sinceramente, me queda bastante bien. He aprendido que cuidarse no es solo comer bien o ir al médico; también es equiparse para que un accidente doméstico no se convierta en una tragedia. Si vives solo y valoras tu independencia tanto como yo, hazme caso: no esperes al susto para ponerte el remedio.