Llegar a Santiago de Compostela después de un vuelo largo o un tren interminable es emocionante, pero si tu plan es empezar el Camino de Santiago desde Sarria, que es el punto de partida más popular para muchos porque cubre los últimos 100 kilómetros necesarios para la Compostela, lo último que quieres es complicarte con autobuses abarrotados o alquileres de coches que te obligan a lidiar con mapas y gasolina. Ahí es donde un taxi Santiago a Sarria entra como un salvavidas logístico, facilitando ese traslado de unos 90 minutos con comodidad absoluta, especialmente si vas cargado con mochila, bastones y todo el equipo de peregrino que pesa más de lo que recuerdas cuando lo empacaste en casa.
Este servicio no es solo un coche que te lleva de A a B; es una transición suave entre la llegada a la capital gallega y el inicio de tu aventura espiritual o deportiva, con conductores que entienden perfectamente las necesidades de los caminantes, como parar en una farmacia para comprar crema para ampollas o en una tienda para rellenar la cantimplora con agua fresca, y en mi tiempo como experto en estos traslados, he visto cómo grupos de amigos de diferentes países optan por taxis para evitar el estrés de coordinar horarios de transporte público que no siempre coinciden con los vuelos retrasados, permitiéndoles charlar animados sobre sus expectativas mientras el paisaje gallego se despliega por la ventana, con colinas verdes y aldeas pintorescas que ya te meten en el mood del Camino.
La comodidad con el equipaje es un detalle que marca la diferencia, porque Sarria no está a la vuelta de la esquina y arrastrar una mochila grande por estaciones o paradas de bus bajo la lluvia típica de la zona puede convertir el comienzo de tu peregrinación en una odisea antes de tiempo, pero en un taxi, el maletero amplio acoge todo sin problemas, desde sacos de dormir hasta botas embarradas si vienes de otra ruta, y los asientos ergonómicos te permiten estirar las piernas después del viaje largo, como en el caso de una pareja de jubilados australianos que conocí, que después de cruzar medio mundo en avión, subieron al taxi en el aeropuerto y llegaron a Sarria frescos como una lechuga, con el conductor ayudándoles a cargar las bolsas y recomendándoles albergues acogedores donde empezar con buen pie, evitando que tuvieran que preocuparse por conexiones perdidas o por si el bus iba demasiado lleno para sus cosas.
El conocimiento local de los taxistas añade un valor extra que no encuentras en otros medios de transporte, ya que muchos han recorrido el Camino ellos mismos y te dan consejos prácticos sobre etapas iniciales, como la subida a O Cebreiro que viene después, o dónde parar para un bocadillo de jamón en un bar de pueblo auténtico, y esto hace que el trayecto sea parte de la experiencia, no solo un mero desplazamiento, por ejemplo, un grupo de estudiantes universitarios que tomaron un taxi conmigo una vez se beneficiaron de paradas improvisadas para fotos en miradores con vistas a los eucaliptos y ríos que cruzan la autopista, llegando a Sarria con el espíritu ya elevado y listos para sellar su credencial en la iglesia de Santa Mariña sin haber perdido ni un minuto en confusiones logísticas.
Además, la disponibilidad 24/7 asegura que no importa si tu tren llega a medianoche o al amanecer, siempre hay un taxi listo para llevarte, con tarifas fijas que evitan sorpresas y que incluyen peajes si vas por la vía rápida, lo que acelera el viaje comparado con rutas alternativas más lentas, y para peregrinos solitarios, es una forma segura de viajar, con vehículos equipados con GPS y comunicación constante, como le ocurrió a una mujer viajera sola de Italia que prefirió el taxi para sentirse protegida en su primer contacto con Galicia, charlando con el conductor sobre gastronomía local y llegando a tiempo para unirse a un grupo en Sarria sin el agobio de manejar ella misma por carreteras desconocidas.
En esencia, este traslado transforma lo que podría ser un engorro en un preludio placentero de la caminata, permitiendo que te enfoques en el camino interior desde el minuto uno, con la catedral como meta lejana pero alcanzable.